Hay una esperanza implícita en el frío. Como de conserva.
Hay días fríos que se separan de los otros, porque tienen sol. Son días de exclusivo buen humor.
El invierno es Blanco Blanco por la idea, por la nieve de otros lados y por la luz blanca de invierno.
De todos modos, el invierno es antipático porque aunque le pintan cara de romántico, predispone a la gente a cometer las gelideces más terribles. Sabemos de qué hablamos, no me quiero poner moralista ni nada de eso, porque la cosa va por otro lado: va por el invierno, su frío inglés y su poesía blanca.
A mi me gusta derrochar miradas en invierno. Hay que aprovechar las horas de luz, porque de noche ya es estándar. La misma luz enterradoramente naranja de los postes estivales. Aunque ojo, hay una diferencia sutil y preciosa en las altas horas de los días de invierno: los nubecines personales. Mini nubecitas que cada uno emana y cada uno libera después de un largo encierro.
A mi el invierno me recuerda siempre a Sofi. Mi hermanita. (Que va a ser hermanita hasta los 70). Tiene la poesía tapada, la calidez por dentro, hay que entrarle con cuidado, sabiendo, porque puede ser letal. Tiene claridad blanca, seguridad vehemente, fría certeza. Mi hermanita, así con ita en su apelativo y todo, es fuente de sabiduría. Pim pum pam te tiró tres frases y te dejó con la boca incerrable. Clara como luz de invierno, la tiene.
En la vida de todos hace falta alguien como mi hermanita, yo creo. Alguien plantado como un ombú, determinado a crecer, a ofrecerse, a iluminar.
En definitiva, el invierno me da envidia. Pero sé que íntimamente al invierno le gustaría tener cosas de las que tengo yo.
Así que en secreto, nos alimentamos. Nos empatamos. Nos ayudamos.
Ella me da de su conserva esperanzadora. Yo le doy un mezcladito de colores.
Y en invierno y con mi hermana de sol: los dos tenemos días de exclusivo buen humor.
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